miércoles, 15 de octubre de 2014

Perdida

Una película puede ser considerada una obra maestra por varias razones diferentes. Las hay que rompen moldes, que consiguen algo completamente nuevo, algo para lo que se puede usar la tan manida frase de 'lo nunca visto'. Otras son obras maestras por crear historias extraordinariamente elaboradas, cercanas a la perfección, con un argumento que te puede dejar boquiabierto mientras y después de verla. En último lugar, están aquellos títulos que si son extraordinarios es por alcanzar, a partir de historias que no tienen por qué estar fuera de lo normal, resultados asombrosos, que te maravillan casi con cada plano, con cada minuto de película que transcurre. Suelen ser estas últimas las que menos relucen, pero muchas veces también son las que más se disfrutan.

Con este prólogo ya se puede suponer sin muchos problemas cuál es mi opinión acerca de "Perdida", la nueva película de uno de mis directores favoritos, el gran David Fincher, que una vez más ha demostrado que su talento sigue intacto, y que sigue siendo el mismo enorme realizador que creó auténticas maravillas como "Seven" o "El club de la lucha", títulos a los que "Perdida" prácticamente alcanza. Si lo consigue es gracias a un filme que aúna una serie de impactantes giros de timón en su historia, con un ritmo impecable y un uso de diferentes recursos cinematográficos (los saltos temporales, por ejemplo) que obtienen como resultado un thriller académico, una suerte de curso intensivo de cómo hacer una buena película de suspense.
Lo que en un principio parece ser una película como otra cualquiera de desaparecidos y búsquedas policiales muy pronto comienza a desvelar unos cuantos detalles que no terminan de encajar con lo que hemos estado viendo hasta entonces. Comienza así un crescendo imparable de sucesos encadenados que explotan con la primera gran revelación, que da inicio al segundo acto. A partir de ahí, de desconocer absolutamente lo que está ocurriendo pasamos a saberlo todo, a descolocarnos con las evolución de algunos personajes y asistimos a una de las cosas que Fincher mejor sabe hacer: generar una constante y aplastante tensión que nos hace no sólo preguntarnos a cada segundo qué va a ocurrir a continuación, cuál será el próximo giro de tuerca, sino a empatizar con unos personajes y odiar a otros sinceramente.

Después, tras haber despojado a los protagonistas de sus máscaras y desmontado la ilusión que era su vida, llegamos al último acto, su desenlace, un choque de trenes en que la tensión es, de nuevo, un elemento indispensable, pero de una forma diferente. Todo ello, por supuesto, se sostiene gracias a un extraordinario trabajo de Rosamund Pike, a un Ben Affleck que demuestra que sabe actuar, y unos secundarios menos conocidos pero que no desmerecen el conjunto de la película. 
Así pues, señoras y señores, David Fincher ha vuelto a dar un lección magistral de cine, con una película que yo al menos califico sin pensármelo dos veces de obra maestra. Realmente no recuerdo la última vez que he salido del cine en un estado de shock tan intenso como hoy, y solo por eso ya se merece toda mi admiración, pero si además a eso le añades un filme que, en una primera impresión (y recalco esto último porque me conozco y sé que soy bastante dado a entusiasmarme con muchas películas la primera vez que las veo), se me antoja cercana a la perfección, no puedo hacer menos que quitarme el sombrero y aplaudir una más de la lista de genialidades de Fincher, lista que ya cuenta con un número respetable de títulos icónicos. Gracias.

Mi puntuación:
Ya lo sabéis.




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